sábado, 21 de diciembre de 2013

6:30 AM. Aeropuerto de París


<<Le mal du pays, en francés. Quiere decir nostalgia o melancolía por la tierra de uno, pero también, para algunos, es "la tristeza, sin razón aparente, que la contemplación de un paisaje bucólico despierta en el alma". Como ves, no es fácil de traducir.>> Haruki Murakami. Los años de peregrinación del chico sin color 

Dos cafés en la pequeña mesa redonda, color madera. Dos vasos vacíos, desechables, manteniendo una extraña proximidad aleatoria, pero que se ve hermosa dentro de la circunferencia, como si estuvieran decidiendo si acercarse un poco más o, definitivamente, alejarse. Quietos en esa distancia incómoda, indecisa, como parada en ese instante que causa que algo ocurra después. Posados como si continuaran hablando y, a la misma vez, sabiendo que empiezan a desvanecerse.

Él se acaba de ir. Yo dejo pasar el tiempo, que el tiempo pase delante de mí, entre la distancia de esos vasos. Espero tratando de no esperar lo esperado, de no presionar el tiempo, de no instarlo, o no detenerlo. Llega la mañana, otra vez, en mitad de mi noche, de luna grande y sin nieve, con nubes al otro lado de los cristales. Apagan las bombillas y cada vez hay más luz. Muy temprano o demasiado tarde, aún no lo he decido. El sol es siempre puntual, y a mí los relojes no me esperan.



maremoto.


PD. Ya en casa, me impregno de sus olores. 



sábado, 12 de octubre de 2013

Paja mental demasiado larga y algo graciosa que abarca temas indefinidos sin principio ni final


Como si un huracán extraviado hubiera pasado por mi habitación. Sencillamente desordenada, ordenadamente en la medida de lo caótico, del alboroto despreocupado de los días. Manhattan, Annie Hall, The purple rose of Cairo, me he empachado a Woody Allen esta semana. Aunque ayer, viernes noche, me tragara el dramón de Detachment, El profesor; la cara triste de Adrien Brody no es lo mejor para irse a dormir, ni de fiesta. Y yo nunca encuentro el pijama, escondido entre un montón de libros plurilingües, y un enorme mapa. Me despierto y pongo swing en la cocina, me encanta hacer como que sé bailar, me invento un charleston, la coreografía del café, qué solazo hace hoy. Empacho a comedias románticas burlonas en blanco y negro que me han encantado. ¿Y qué? Estas pelis terminan sin final; como un atardecer, uno no sabe si acaba el día o empieza la noche. Esto de la cosa chico-chica es mucho más complicado vaya. Tengo el frigorífico vacío, bueno, es sábado.

Últimamente voy como esponja, absorbiendo todo. Todo me interesa y no puedo dejar de buscar el arte por ahí y por allá, aunque eso sea muy indefinido. Me entretiene y alimenta de un modo que no lo hacía antes. Quizá por cierta soledad. Porque el arte nos hace compañía, al igual que nace muchas veces de nuestras soledades, del ego más profundo que quiere expresarse y compartir aquello que vive individualmente, que siente particularmente, sin saber ciertamente qué es. Comunica para arrastrar así a más gente con él, quizá por miedo, quizá por deseos de grandeza, o seguramente por ambos y así solaparse; somos íntimos y únicos, para bien o para mal. Y luego está todo eso del amor. ¿La unión de las soledades? No me convence. Qué complicado. Aunque para algunos el amor sea un dos más dos, quizá un siete por ocho (esa siempre me costó), a mi me sigue sin convencer. Ni siquiera en palabras, aunque a veces lo intente. Pero es divertido, porque todo es ensayo, ensayo y error, y un día simplemente sale bien. Y lo difícil no es eso, sino atreverse a ir más allá, porque se puede, es posible ir más lejos, aunque queramos no verlo y conformarnos. Todos deberíamos tratar alguna vez de ser excelentes, y después que salga mal, sí, por supuesto, para cagarte en todo saboreándolo como la mejor parte, cuando te das cuenta de que todo vuelve a ser ensayo, y el error viene por derecho, igual que el éxito (esa palabra es fea y presuntuosa), al igual que es posible lograrlo (mucho mejor). Sí, a veces los sueños se hacen realidad. ¿Qué hay después de un final feliz? ¿Cómo atreverse a merecerlo? Es fácil etiquetar las cosas como “inalcanzables”, una excusa brillante, no tener que preocuparse en conseguirlo, que ya algo nos empujará mágicamente a ello; momento justo, sitio adecuado, esas cosas. Y bueno si, yo de pequeña saltaba desde sitios altos para ver si volaba, y movía estúpidamente las manos como un pájaro, y me enamoré de Jack y de Kirtash (espero que nadie reconozca esos nombres) y de otros personajes de libros de fantasía. En fin, una pequeña dama de pequeño estómago, jugando a ser monstruíto salvaje y hambriento, pero que se escapa porque no le gusta lo que hay de comer, y que persiguiendo un rayo de luna quiere encontrar al gato negro en el tejado de zinc, aún sabiendo que no habrá tal gato, que es de día porque la oscuridad da un poco de miedo. O quizá otra cosa; ser el gato, o el monstruo, o el rayo de luna, o todos a la vez. Y es que me reinvento asiduamente (no sé de donde he sacado esa palabra), y sigo siendo la misma, que la soledad es bonita cuando te gustas, y no creo que haya que avergonzarse, que sí, que me gusto, quién dijo que fuera malo decirlo, que esto no redime nada, que tengo muchas ideas que son una mierda, y otras que me encantan, y que me atrevo a que alguien pierda su tiempo en mirarme, o en escuchar lo que tengo que decir, aunque los idiomas se me den como el culo y tarde un montón, tengo que disimular sin más remedio. Que esto de viajar es muy cool, nosotros, los pseudoextrangeros de ahora, facebook facebook facebook, oh! un blog!, oh! Escapé pero quiero volver, volví pero me quiero ir, ¡pero qué pesadilla de niña! Y me vuelvo pseudoartista intentando explicar sentimientos contradictorios demasiado complejos para un corazón primitivo (pero qué es eso de primitivo). Yo sólo quisiera encontrar un corazón rojo. La imaginación es peligrosa, poderosa, misteriosa. “El poeta es un fingidor” y a mi me empieza a flipar el teatro, y es increíble lo de dónde están los límites. Lo curioso es que se mueven, uy si, y muy cerca del riesgo. Los límites los mueve uno mismo y sin darse cuenta, que hasta asusta. Límites. Y vuelvo al tema de “la vida crece en las fronteras”. Pero yo no creo que haya que estar ahí todo el tiempo, en la escena sí, pero no en la vida. Yo buscaría el equilibrio, y ese, paradójicamente, es el espacio más pequeño entre dos fronteras, (o, comentario friki, en una mano la frontera es de 360º, pourqoui tomber?). Hay que aprender a jugar. Así, como conclusión.

¿Hay que aprender a jugar? Creo que el café se me ha subido, en serio, estaba fuerte, no como los del Tim Hortons que parecen pipí de algo con salud cuestionable, de todas maneras, yo no tomo mucho. He perdido el hilo totalmente. Lo siento (aunque no sé por qué). Debería releer. El soundtrack de Midnight in Paris a dado varias vueltas. Es bastante romántico. Cómo molaría salir de la pantalla como Tom Baxter y explicar lo inexplicable con un abrazo. Tantas vueltas para sólo pedir eso, un abrazo imposible, desde una distancia elegida, y bonita la mayor parte del tiempo. Empecé con burla y acabo con humildad, de la buena. Debería ir a llenar el frigorífico, aunque antes no me importaba, empiezo a tener hambre, un hambre normal de medio día, sin monstruos ni damas ni gatos. Ni siquiera sé si eso se ha entendido. Tampoco era un big deal, vamos, gran cosa.


En fin, adoro las pajas mentales tanto como las odio. Soy indecisa, qué queréis que os diga.
Besos. (Así, para el aire.)


maremoto












PD. Lo de "el poeta es un fingidor", viene de http://disapariencias.blogspot.com.es/, otro que escribe desde lejos y que me encanta leer. Y que en cierto modo dio vida a todo eso de ahí arriba. 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Algo de septiembre

Hay muchas palabras ahí dentro en mi cabeza, revoloteando desordenadas, llevadas por corrientes de aire, y que no alcanzo a atrapar. Siempre el otoño con su vulnerabilidad, con el amor ausente, con las hojas-recuerdo, hojas-pensamiento volando por toda la calle; paseando bajo ellas y sobre ellas, creándose ese manto y ese poso, como consciencias que se apaciguan porque el tiempo y la gravedad les va cayendo encima. Septiembre siempre en los regresos, en los volver a empezar ‘y esta vez en serio’, esconderse en la rutina o pelearse con los hábitos, martesmiércolesjueves, amor-odio irracional, entrenarcomerydormir, y sin darse cuenta empezar el lunes con cara de domingo y el fregadero lleno de platos sucios. Sobresaltarse con el paso del tiempo y la primera bufanda, la noche temprana arrebatando el día y el calor. Algo que cambia y se establece, fuera de ti y sin poder evitarlo, sin réplicas ni discusiones, implacablemente y dulcemente sin palabras.

Intentando cazar la mariposa empezaron a brotar letras, palabras que buscan una melancolía que tengo ahí, atrapada, en el fondo del mar. Encore de mots, toujours de mots, les même mots; rien que de mots, como Dalida cantando Paroles, y mientras en el fondo del mar solo están las llaves de Matarile, y mira que me gusta buscar sin encontrar, bucear como La vieja sirena en el libro de Sampedro. Y otra vez yo, sinuosa y sin decir diciendo, y ¿qué decir?

Que estoy CONTENTISIMAAAAAAAAA HAHJAJAIJIJIJI que hacer verticales es genial, que de repente todo el puto (ups, lo dije) año pasado se vuelca conmigo, me ha dado un empujón el cabrón (el muy tierno) y me ha puesto en otro escalón, así que sólo diré: Welcome to the next level. Aunque no me convenza la metáfora de los peldaños y tal, que para escaleras al cielo, Led Zeppelin. En fin, quizá sí que se encuentre algo cuando se busca, bajo el agua, bajo las hojas o boca abajo, con palabras, sin ellas, qué más da. 


Estos párrafos han ido enloqueciendo sin más, pero es así, definitivamente está la Montaña rusa haciendo de las suyas, y ¡suban el telón! que todo esto tiene su encanto, en palabras de Cortázar, el hombre es verdaderamente el animal que se acostumbra a no estar acostumbrado. Porque la vida crece en las fronteras, las fronteras de la tierra, de la moral, del confort, de la sensibilidad, justo ahí, donde no entiendes, donde se acaba una piel y empieza la otra, donde te pierdes y en el momento justo antes de caerte, en la decisión de dar el salto, de confiar en unas alas sin tenerlas.

Después de todo, palabras.














domingo, 25 de agosto de 2013

La palabra en cursiva. Y la otra.


Escucho llover afuera. Los ojos como platos. La lluvia siempre fue un aliciente un algo poético que me desvela, siempre en mal momento, pues no existe desvelo sin la voluntad de dormir.

Semioscuridad. Y los ojos siguen como platos, y la manta a duras penas cubre la luz de las farolas y la lluvia otra vez. Todo esto porque mañana es lunes y es El Lunes primero y especial. Desvirguémonos. Con la cabeza abajo. Con muchos bailes. Con esta lluvia.



Ahora quiero dormir, y soñar que canto y me convierto en pájaro. Quiero dormir y bailar soñando, como si no hubiera más noche y se acabara la lluvia. Dejar de oírla cayendo y mojando afuera. A veces parece mojar adentro. Ahí donde la soledad asusta. Donde el hueco tuyo. Donde.









Emoción y acojone por un nuevo curso que empieza.

miércoles, 31 de julio de 2013

y sin ira y sin hora sin ahora

"No hay medida en el tiempo: no sirve un año, y diez años no son nada; ser artista quiere decir no calcular ni contar: madurar como el árbol, que no apremia a su savia, y se yergue confiado en las tormentas de primavera, sin miedo a que detrás pudiera no venir el verano. Pero viene sólo para los pacientes, que están ahí como si tuvieran por delante la eternidad, de tan despreocupadamente tranquilos y abiertos."

Rilke, Cartas a un joven poeta

De mi madre a mí, a un día de partir.
(que de repente me asusta)

Dicen que si respiras lento, el tiempo se ralentiza. Los hindúes lo dicen.




El capítulo 7 no sale de mi cabeza


domingo, 23 de junio de 2013

Diarios de bicicleta


Estoy en uno de mis sitios preferidos de Montreal. En el claro verde que hay en lo alto de Mont Royal, detrás del mirador. Aquí no se oye la ciudad, más bien parezco estar fuera de ella, y no hay mucha gente. Creo que me estoy enamorando de este lugar, y de mi bici, y de la gente que organiza cosas como la Soirée de Performances en la que actué ayer. Pero aunque no me lleve muy bien con la humedad ni la nieve (que soy de secano y agua salada), definitivamente, esta ciudad me está fascinando.

Aquí arriba huele a campamento. Y me dan tremendas ganas de estar de vuelta. Ya estoy haciendo la cuenta atrás. El tiempo siempre me pilla desprevenida.
Me gustan los regresos, no las partidas. Aunque entre en ir y volver no haya ninguna diferencia si cambias el punto de partida. Lo que quiero decir es que no me gustan las despedidas. Y los reencuentros son raros. Pero son lo mejor. Siempre tienes la duda de si va a haber algún "paquete sorpresa" de los buenos o de los malos. Y si sigue todo igual a veces resulta un poco decepcionante. Pero Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, como en La canción de las simples cosas. Y Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso, que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo. Nunca me pude olvidar de esto.

Ha empezado a llover. La verdad es que empiezo a acostumbrarme.

A veces pienso en cosas obvias y tontas, como que todo el mundo tenga un pasado tan importante como lo es el tuyo para ti, y que al mismo tiempo, y como tú, nadie sepa ni pueda saber lo que está por venir, la incertidumbre del futuro. A la vez tener la certeza o esperanza de que el tiempo pasa y seguimos ahí, como los árboles. Y así funcionamos, con nuestras raíces, nuestras ramas fuertes y débiles, los frutos que vendrán, que vienen y se van por temporadas. Supongo que eso nos une de alguna manera. Anclados a la tierra y con la mirada en el cielo. O así me gusta pensarlo.

Esto fue un poco random.


Domingo 23 de Junio, maremoto.



PD. "La canción de las simples cosas" de Armando Tejada. Interpretada por la grandísima Mercedes Sosa.
Todo el concierto completo recomendadísimo. Una preciosidad.

PD2. Extracto de mi segunda cabeza. El cuaderno que me acompaña.





martes, 4 de junio de 2013

Fiebre

Llegaremos a la comprensión del todo y de la nada,
llegaremos algún día, en un momento, a alcanzarla.
Y así, como iluminados por el asombro y la belleza,
se irá de nuevo la certeza de la vida y de los vivos,
y volveremos a nuestra pequeña y condenada locura,
habiendo olvidado qué era, pero sabiendo que existe.


Y ahí está, el amor, en el espacio entre la comprensión y la locura.














maremoto

domingo, 5 de mayo de 2013

bye bye winter

Si fumara sería el perfecto momento de sacar el tabaco, tal y como estoy sentada en la terraza, con los pies en alto en medio de la semioscuridad de la recién entrada noche, y liar el cigarro y prenderlo, y aspirar y expirar el humo lentamente, verlo ascender por la oscuridad hasta perderse despacio en el aire. Sí, en plan película. Pero ni fumo ni voy hacerlo, aunque siento ese cigarro de la reflexión, de la conclusión de un día más, que por alguna razón ha tenido algo de especial. Estoy sentada en la terraza, con los pies en alto, y la brisa de esta primavera tardía, se cuela entre mis dedos. Me encanta sentirlo como viene y se va, sin llegar a tener frío. ¡El frío se fue, el invierno se fue! Se ha ido de verdad, y como le pedí, se ha llevado con él las caras largas, las miradas apagadas y las dudas grises. La primavera ha hecho el resto. En esta ciudad las estaciones se sienten verdaderamente como ciclos que afectan a las personas tanto en los hábitos como en la actitud, apuntando directamente al animal que somos. La naturaleza está más cerca. Los árboles expresan con sus hojas, los pájaros pían su alegría, las nubes dicen adiós y las ardillas 'hola' de nuevo. Los colores nacen, el verde ha despertado y el azul claro e intenso domina el cielo junto al sol. Ha sido un invierno largo, mi primer invierno. Reemplazo el té por helado y las sábanas por sandalias. Estoy sentada en la terraza, con los pies en alto, y apago mi cigarro imaginario.








maremotoazul




PD. Felicidades Javi, hermano! Y a Santi, que nos parió, que es el día de la madre y la nuestra es la mejorrr


viernes, 8 de marzo de 2013

Un día cualquiera

La lamparita ilumina mi habitación con esa luz que me predispone, no deliberadamente, a escribir sobre las cosas que van y me van pasando, a reflexionar, o más bien divagar, sobre mi vida y la vida; como si pensando pudiera digerir y entender esas cosas que, simplemente, no están hechas para entenderse.

No sé si el ruido ha detenido los pensamientos o sólo he dejado de pensar. Son esas veletas del huerto del vecino que giran furiosas y hacen ese ruido tan curioso, entre siniestro y bonito, sí, aunque más siniestro que bonito. Sirven para espantar a los pájaros y que no se coman la fruta del huerto, aunque ahora, en invierno, nadie hubiera jurado que aquello estuviera lleno de tomates rojos en plantas verdes, cuando ahora sólo hay nieve blanca. Qué largo se me está haciendo este primer invierno, demasiado tiempo, demasiado blanco, demasiado nada. Estaba aprendiendo a robotizarme, aunque yo me convenciera de que quería conseguir un estado de quehacer físico y rutinario, y calma mental. Pero vamos lo que yo tengo más bien es una paja mental. Esto de viajar esta muy bien y todo eso, pero mira que soy paleta para este mundo canadiense súper guay y esta escuela nacional. No sé si identificarme más con el gafapastismo francófono o con los yankis. Pero todo esto, la verdad, me causa más gracia que pena. La verdad es que me gusta, sentirme ajena a esto digo, pero también conocerlo; es más, me propongo conocerlo más profundamente, hablar su idioma como ellos lo hablan (que no es lo mismo que hablarlo simplemente, yo estoy en ese nivel cutre) y camuflarme un poco a ver qué pasa. Siento que tengo una máscara cuando hablo francés, o quizá la máscara es el propio francés mediocre que hablo; es otra Mar la que habla por mi, una bastante más inutil y un poco menos de pueblo, porque resulta que para el mundo Murcia es un puto pueblo, hay que aceptarlo. Sí, definitivamente es demasiado gracioso para que me preocupe. Pero aún sigue siendo invierno, eso sí que me preocupa, por dios que estamos en marzo, y con marzo mi cumpleaños. Voy a cumplir 22 años, en Canadá. La concha de su madre, esto se me va de las manos. Y qué buenos fueron, están siendo y han sido, los 21; os voy a echar de menos cabrones. Echar de menos, echar de menos otra vez, no paro de hacer eso y ya me estoy cansando. Voy a empezar a echar de más y hacer un pacto con la  primavera, que le echo una mano y nos cargamos a este invierno que ya se está pasando de largo y de listo, y de hibernar recuerdos, de congelar llantos, de habitaciones cerradas, de no-sol por la ventana, de abrigos hiper-abrigados con la incluida pérdida de movilidad a modo Playmobil y de capuchas de estoy enfadada con el mundo, de media hora para desvestirte y de media hora para salir de la cama, de que se te congelen los mocos, y las ideas, y las ganas, del frío, de tanto frío dentro y demasiado té para calmarlo, demasiadas velas, demasiados sueños colgando del techo, demasiado polvo en el suelo, demasiado pensar, demasiado dolor que me canso demasiado. Me canso y voy a dejar de cansarme. Ahora voy a hacerlo de verdad, y voy a dejar de hablar de frío y de miedo, y voy a apagar la lamparita, y ya no suenan las veletas. Buenas noches a este lado del Atlántico.









maremoto